Aquí vamos con la segunda parte (ya sé que las segundas partes rara vez son buenas, pero cuando la primera tampoco lo es, poco importa) del post sobre los realities.
En la primera parte hice un sesudo análisis de las razones por las que debería participar de uno de estos programas. Más allá de la contundencia de los argumentos –al menos discutible –creo que son motivos de peso. O de pesos, más bien. El punto es que me terminé de convencer: yo sería un buen participante, al menos por el breve lapso que durara dentro.
Durante estos días, varias personas me han preguntado si escribí en serio ese post. Cuando les respondía que sí, me miraban con una extraña expresión, mezcla de pena, compasión y miedo. No ha aparecido –hasta ahora- una camisa de fuerza, creo que por poca disponibilidad del accesorio más que por falta de ganas de uno que otro amigo o conocido.
Para complementar el post anterior –y para que quienes me prodigaron esas indescriptibles expresiones no crean que estoy tan mal –va esta nueva entrada, con las razones por las que no debería participar de un reality show. Luego, mediante un simple proceso de comparación, creo que estaré en condiciones de saber fehacientemente si debo o no tomar mis cosas y acampar afuera de algún canal.
Exposición. La que fue la primera razón para justificar mi ingreso a un encierro de este tipo, es también la primera para descartar esa posibilidad. La perspectiva de que cientos, miles, acaso millones de personas sepan lo que hago o dejo de hacer me aterra. Porque un reality no permite, como otros formatos televisivos o de cualquier medio, colgar el traje e irse tranquilamente a la comodidad y privacidad del hogar. No señor. Pregúntele al recluta Chadud, o al extramusculoso Schilling. No es que pretendiera, al entrar a un programa, tener actuaciones como las suyas (mal me iría al volver a la realidad), pero estar expuesto 24/7 a las cámaras, y peor aun, depender del criterio de guionistas y editores del programa sobre qué es lo que sale al aire... no gracias.
Sentido del ridículo. Este exacerbado sentido seguro me haría, en algunos momentos, pasarlo no del todo bien. O derechamente mal, si se quiere. No tengo problemas con duelos eliminatorios (no de la selección, sino de los que sostienen los participantes de estos programas), ni con el grueso de esas conversaciones tipo “cabildo”, “concejo” y tantos otros creativos nombres. Pero hay cosas que simplemente me superan. Durante esas mismas terapias grupales, cuando algún participante comienza a filosofar... Dios me libre. El café concert realizado en Pelotón hace algunos días, ni hablar. Foxley haciendo un striptease, Kenita animando, otra haciendo imitaciones, otros bailando, una última cantando... una combinación simplemente letal. De haber estado ahí, mi ubicación hubiera sido bajo una de las mesas –cosa que, de seguro, los guionistas se hubieran encargado de hacer aparecer como actividad puramente sexual con alguna de las participantes más próximas al lugar –y no participando del triste espectáculo.
La familia. Sí, sería un costo importante. Estoy seguro de que a mi señora no le agradaría que yo me introdujera en estas lides. A mi hija, en cambio, creo que le causaría más que nada extrañeza: eso de hacer zapping y pasar entre, digamos, Mickey y su papá, podría ser algo confuso. Ni hablar si el cambio de canales incluyera a Barney o los Teletubbies, caso en el cual se haría insoportable. Además, convengamos en que es difícil, por muy padre de la criatura que sea, ganarle a tamaños competidores. Y tampoco estoy para vestirme de morado y cantar “te quiero yo, y tú a mí...”, porque –ya está dicho –las vergüenzas (ajena y propia) pueden más.
Y eso sería. Como ven, las ventajas son más que las desventajas. La balanza se inclina inexorablemente hacia el ingreso. Ahora, recapacitando respecto del próximo post –prometí un casting sobre quiénes me deberían acompañar en el encierro –he decidido replantearlo. Creo que, a partir de ahora y para seguir profundizando en el tema, propondré no sólo el casting, sino también el tema del encierro. Será más de una opción, claro, para abrir las posibilidades. Quién sabe si algún productor, director de programación o algún otro pez gordo de la TV local se entusiasma con la idea y cumple mi sueño. Algo así como un hada madrina mediática, un genio catódico, un mecenas televisivo. Señoras, señores, desde ya acepto ofertas.
Por qué no ser un chico reality (sesión de autoconvencimiento)
Etiquetas: reality show, Reflexiones irreflexivas
Yo quiero ser un chico reality (confesiones culposas)
Así como Sabina canta eso de “yo quiero ser una chica Almodóvar”, yo podría (si tuviera un mínimo de condiciones vocales) cantar algo como “yo quiero ser un chico (o no tanto) reality”. Así es. Sueño frustrado, deseo oculto, culposo y casi inconfesable, me encantaría participar en un reality show. De uno de los con encierro, eso sí, nada de docu-realities, ese engendro de formato en que te siguen con una cámara las 24 horas del día en tu vida normal. Por lo demás, un docu-reality de mi vida sería un fiasco, eso seguro. Pero participar de uno con encierro... eso es otra cosa.
Imagínense encerrados con personajes como Álvaro Ballero, con sus cirugías, su pose de estrella y de pensador profundo. O con Pamela Díaz (a quien, segunda confesión culposa de este post, admiro total e incondicionalmente) y sus arrebatos. Ni hablar de compartir con alguna modelo mononeuronal como Adriana Barrientos, o –esto sería el cielo –tener largas conversaciones con Juan Cristóbal Foxley, también conocido como “el Dandy chileno”. Eso por nombrar a algunos de los actuales.
Querámoslo o no, los reality shows están hace rato en un peak del que no parece vayan a bajar por el momento. De hecho, en este minuto tenemos tres en paralelo (“1910”, “Pelotón VIP” y “La Noche”). Ninguno es muy original –1910 es la continuación del recién terminado 1810, Pelotón es la versión contardictoria (VIP y chilena, no tiene lógica) de Pelotón y Pelotón 2, y La Noche es un docu-reality de un exitoso (aunque sea difícil de explicar) grupo musical. O sea, al menos en esta pasada ningún creativo se devanó los sesos tratando de hacer algo novedoso. De hecho, yo creo que los creativos andan de vacaciones. Pero así y todo, cada noche mi dedo pulgar derecho sufre las consecuencias de un incesante zapping entre 1910 y Pelotón. Me ha sido imposible decantarme por uno de los dos programas.
Para no parecer tan enfermo –y para que este post tenga algo de sustancia –paso a enumerar las razones por las que me gustaría participar en un reality. Sólo razones profundas, cuasi científicas diría yo. Es que uno es un apóstol del conocimiento, no es que sea dado a la farándula. Vamos viendo.
Exposición. Siempre he sido bastante recatado, reacio a exponerme –necesaria o innecesariamente –ante los demás. Mi personalidad es más bien retraída, y no ando contándole mi vida al primero (ni al segundo, ni al tercero, y así) que se me cruza por delante. Odio las dinámicas grupales, el karaoke, hablar en público. Tengo un sentido de la vergüenza –propia y ajena –extraordinariamente desarrollado. Es más, el hecho de que escriba este blog bajo un seudónimo tiene bastante que ver con eso (tercera confesión de este post, aunque un poco menos culposa que las otras dos). Tener el nivel de exposición de un reality creo que sería un cambio potente, que me gustaría probar. Sólo para saber qué se siente. Además, confío en que al tercer o cuarto día las cámaras ya darán un poco lo mismo. O, en el peor de los casos, que seré capaz de actuar como si así fuera.
Conflicto. Me gusta, definitivamente. No es que ande por la vida de conflictivo, no señor, pero créanme que me esforzaría por ser uno de esos personajes conflictivos, que ante la menor provocación arman un buen escándalo. Porque, cuarta confesión, son ésos los personajes que me hacen ver un reality. Si veo 1910 no es para ver a Ximena Huilipán llevándose bien con todo el mundo y diciéndole a gente que conoce hace un día cuánto los quiere, sino para no perderme la provocación, el insulto, el certero aletazo de Pamela Díaz a Adriana Barrientos. Eso es tener sentido del espectáculo. Eso es lo que me gustaría probar. No el aletazo de la Díaz, que quede claro, sino el constante roce –no en el sentido físico del término –con los otros participantes. Si alguno defendiera a ya-saben-quién, imagínense el goce de discutir con él.
Investigación. Quinta confesión: simplemente adoraría estar algunos días con personajes tan extraños. Poder observarlos, conocerlos en directo, conversar con ellos. ¿Se imaginan la cantidad de temas que tendría para este blog? Claro, por un rato se transformaría en algo parecido a una versión online de un programa de farándula, pero quién sabe. A lo mejor saldrían temas como “Foxley no es tan pelotudo como parece”, “Adriana Barrientos no tenía una neurona. Son 2” o “Lo que no se muestra de Pelotón: Nabih en verdad quiere con el instructor”. De seguro, libreta en mano, podría hacerme de interesantes contenidos. Vaya a saber uno qué sorpresas aparecerían.
Experimentación. No es que quiera experimentar con alguna chica reality (cosa que me obligaría, por cierto, a buscar un reality que durara el resto de mi vida), sino algo mucho más preciso, y que me lleva de vuelta al punto del conflicto: me encantaría poder aplicar en directo, de manera intensiva y como si fuese un laboratorio de alta tecnología, el Manual del Insoportable. Lección por lección, paso a paso, ir probando, confirmando y/o descartando la utilidad de esas enseñanzas. Estoy seguro de que lograría rápidamente posicionarme como un insoportable total, y de que, pese a eso –o gracias a eso, más bien –seguiría un buen rato ahí. Y –teoría por confirmar –probablemente dando rating.
Lucas. Sí, el vil dinero que todo lo ensucia. Pero ganarse buena plata puro pelotudeando (o investigando seriamente, que sería mi caso), para luego salir del encierro y seguir pelotudeando (a la vez que tabulando resultados, analizando, en mi caso) y seguir cobrando bien. Un lujo, ¿no? Porque convendremos en que ningún participante de reality se gana la plata filosofando ni haciendo grandes aportes a la humanidad. Básicamente se exponen, hablan muchas pelotudeces (mientras más, mejor), pelean con algún otro participante y ya. Por eso les pagan. Y bien. Sexta confesión (ya sabida por muchos): pelotudear (¿existirá el término?) es lo mío.
Una segunda parte de este post incluirá las desventajas que supondría mi ingreso a uno de estos programas. Porque claro, no todo es tan lindo. Si todo fuera ganancia, estaría acampando en la entrada de algún canal de TV, por último esperando hasta que (les aseguro que a alguien ya se le ocurrirá) se haga un reality de indigentes. Esperen, hagan como que no leyeron eso. Le voy a vender la idea a algún canal, eso sería un hit seguro. Bueno, eso, no se adelanten con las desventajas, que ya vienen.
Y como siempre, estimados, estimadas y quienes apoyan a ya-saben-quien (a quienes, claro, no puedo estimar), espero sus no aportes. ¿Entrarían a un reality? ¿Debería yo entrar? ¿Tomo mi saco de dormir y me voy a ofrecer a algún canal?
Etiquetas: reality show, Reflexiones irreflexivas, TV
Nada que aportar le lleva Twitter
Para los no iniciados (debo decir que toda mi iniciación al respecto consiste en la corta explicación del sistema que un amigo me dio por teléfono y una rápida lectura de “Twitter” en Wikipedia), este sistema consiste básicamente en posteos cortos (nanoblogging, que le llaman), que llegan a los “seguidores” –quienes eligen la opción de recibirlos –a través de la página de Twitter, mensajes de texto, correo electrónico, Facebook y otras aplicaciones que en mi vida había escuchado. O sea, bombardeo total de información.
Así que desde ahora, Nada que aportar se suma al mundo del twiteo (es curioso esto, porque el término ha dado origen a palabras derivadas, se convirtió en verbo y mucho más). Como la actualización de esta página no es tan seguida como yo quisiera –básicamente por un problema de tiempo –este nuevo sistema me permitirá escribir más cosas inútiles, porque –sépanlo ustedes –los mensajes a través de Twitter tienen una extensión máxima de 140 caracteres. Sí señores, 140. Es decir, hay que ir al grano con la pelotudez. No es cosa de extenderse en irreflexiones inútiles como esta, sino que hay que ser preciso: nada de relleno, nada de largas construcciones literarias. Sólo el dato, la reflexión, el comentario preciso. Inútil siempre, por cierto, no se trata de perder la razón de ser.
Así que ya saben. Desde ahora, para recibir la inutilidad diaria –incluso más de una, de ser posible –sólo basta con hacer clic a mano derecha. Para cosas más rebuscadas, más complejas o simplemente cuando tenga más ganas de escribir, éste seguirá siendo su humilde espacio. A ver cómo nos va con el experimento.
Cuidado con las viejas
No, esto no se trata de un llamado más a valorar a nuestra tercera edad. Ya suficiente de eso hay con la infinidad de fundaciones y corporaciones –reales e inexistentes –que se dedican al tema, que nos atacan en los semáforos, supermercados o a la salida de la estación del metro para colaborar con sus colectas. Que nos llaman por teléfono, haciendo uso de datos privados e interrumpiendo nuestro trabajo o descanso para que aportemos mensualmente con sus loables iniciativas. No señores, este es un llamado a la precaución.
Etiquetas: Reflexiones irreflexivas, viejas
Influenza humana, gripe porcina, AH1N1 o el Apocalipsis
Ya me tienen hinchado con la famosa “influenza humana”. Partiendo por el nombre, y continuando con la paranoia desatada. Es un brote. No, una epidemia. Epidemia no, pandemia. Todo muy apocalíptico. Y al final de los finales, resulta que hay algunos contagiados, que no presentan más síntomas que los de un resfrío común. Ni uno solo grave. Todavía no se sabe de un caso con riesgo vital, y si ni periodistas ni doctores han pronunciado eso de “riesgo vital” es porque no estamos ni cerca. Vamos viendo.
Primero hablaron de “gripe porcina”. Tenía lógica, luego de la crisis de la “gripe aviar” y el mal de las “vacas locas”. Se trataba simplemente de seguir con las enfermedades en clave granjera. Ya habría tiempo para la “influenza caballar”, “el mal del conejo caliente”, la “disfunción del burro”. Pero no. Tenía que aparecer un creativo y cambiarle el nombre por “influenza humana”. Un genio del marketing, un iluminado. La explicación es que este es un virus que afecta a los humanos, ergo, se debe llamar influenza humana. Bajo esa lógica, desde ahora deberemos hablar de cáncer humano, sida humano, resfrío humano, hemorroides humano, stress humano y un largo etcétera de males que afectan a nuestra especie. Así no se puede. No es práctico, señores. Abogo por la economía del lenguaje.
Pero no, vamos insistiendo con la influenza humana. Peor aún: los periodistas, en su afán por clarificar conceptos, por iluminar al vulgo y sacarlo de la penumbra permanente en que se encuentra, han optado por hablar de “influenza humana, ex gripe porcina”, tal como esas calles a las que cambian el nombre pero siguen por los siglos de los siglos manteniendo, incluso en los carteles, su nombre original (recuerdo en este momento dos: ex Marcoleta y ex La Caridad, nombradas actualmente con rimbombantes nombres de personajes extranjeros, prácticamente impronunciables, por los que nadie conoce las mentadas calles). Pero volvamos a la influenza.
Como si fuera poco con lo de influenza humana, y como si fuéramos robots, ahora la moda es hablar de la influenza AH1N1. Está bien, será el nombre oficial, científico, la cepa o lo que quieran, pero nadie va a contar, el día de mañana, que alguna vez se contagió de AH1N1. Esa puede ser una enfermedad que afecte a C3PO o R2D2, pero se contradice absolutamente con la definición de humana que tanto se escucha por ahí. Así que vamos parando la tontera, por favor.
Y ahora resulta que la influenza famosa llegó a Chile. ¡¡¡Al fin!!! Me estaba preocupando ya esta marginación de la comunidad internacional. Todo el mundo pendiente del tema, y ni un solo caso chileno. Ni uno. Este era un tema, aunque nos duela, donde no había presencia chilena. Nada del chileno que trabajaba en el resort en Cancún, ni del turista que se agarró el virus en su viaje por Miami, nada de nada. Chile brillaba por su ausencia. Y eso, reconozcámoslo de una vez por todas, hería profundamente nuestro orgullo patrio, ése acostumbrado a figurar en toda tragedia, por más lejana que ésta sea.
Aparecieron casos en Argentina, Brasil, Perú. El mundo se contagiaba a la velocidad de un estornudo, pero en Chile nada. Las autoridades jactándose de ser un país libre de la pandemia, pero revolviéndose en las noches en sus camas, atormentados por esta exclusión evidente del concierto internacional. Alguno seguro hasta pensó alegar ante alguna corte internacional por esta injusta discriminación.
Hasta que llegó, claro. Tres turistas que la importaron directamente de República Dominicana, probablemente escondida entre las trenzas de sus peinados, pecado imperdonable e inevitable de las viajeras locales a cualquier zona caribeña. Ahí, escondido y a buen resguardo de los sensores y censores del SAG, MINSAL, ISP y tantas otras siglas que buscaban mantener esta insostenible marginación nacional. Ellas y sus trenzas ingresaron victoriosas portando el codiciado virus. Al fin somos parte del mundo.
Casi en paralelo, un joven prócer aportaba con lo suyo. Porque si íbamos a insertarnos en el mapa del AH1N1, debíamos hacerlo como correspondía. Secretamente incubó el virus –aún nadie sabe dónde lo consiguió –y simplemente se enfermó. Clemente, ese héroe nacional, logró lo que las viajeras no pudieron: generar una sicosis absoluta, con cierre de colegios, declaraciones de las autoridades, medios de comunicación vueltos locos, todos presagiando el fin del mundo, la pandemia, el acabóse. Él, mientras tanto, almorzaba en su casa y saludaba a los periodistas desde la ventana, contándoles que “vi a mi mamá en la tele”. Ésa es prestancia. Nos ubica de un empujón a la cabeza en Sudamérica –en este minuto, hay 16 casos confirmados, el número más alto de la región –y ni se inmuta. Un ídolo total.
El país corre a las farmacias, olvidándose de la colusión. Aquí nada importa, hay que comprar mascarillas, jabón en gel, pañuelos desechables, antigripales, vitamina C, lo que sea. La influenza ha logrado que ni siquiera el SERNAC se preocupe de pesquisar los precios de estos productos en las diferentes farmacias. Tampoco podrían: todo está agotado.
Es el fin, señores, a prepararse. Me extraña que aún nadie haya aparecido con la cita precisa del Apocalipsis que remite a los cerdos, o con la profecía certera de Nostradamus. Ni Ayllún ni Yolanda Sultana ni los horóscopos dicen nada. Es que no vale la pena decirlo. El fin se acerca. Es la rebelión de los chanchos, Napoleón, Snowball y compañía nos toman por asalto. Todos los animales somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros. Dios nos pille confesados, vacunados, con mascarillas y bien lavados de manos.
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La proxima película de Ben Stiller
Ayer, mientras pasaba un pésimo día gracias a los señores delincuentes, hampones, antisociales, flaites que robaron mi auto (ver post anterior), una noticia me alegró el día. Bueno, no sé si tanto, pero sí me hizo olvidarme un rato del tema y reírme bastante. Mucho más que cualquier chiste que haya escuchado últimamente. La transcribo textual de www.emol.com, y dice así:
PDI: Visita a club nocturno fue para intercambiar conocimientos con policías europeos
Ayer el ex policía Francisco Lapolla aseguró que tiene una imagen del auto fiscal de Óscar Gutiérrez, actual subdirector operativo de la PDI, estacionado afuera del "Lucas Bar".
El Mercurio Online
Miércoles 15 de Abril de 2009 12:34
SANTIAGO.- Luego de que ayer un ex detective denunciara que el vehículo de un alto funcionario de la Policía de Investigaciones (PDI) había sido fotografiado en el estacionamiento de un club nocturno, hoy la institución reconoció el hecho y aseguró que se esto se registró en el marco de un intercambio de experiencias con policías europeos que estaban investigando a los "eurolanzas".
Ayer, durante la audiencia a la banda "Los Valladares", el ex policía Francisco Lapolla, quien está formalizado en este caso, afirmó que cuando los detectives allanaron su casa, imaginó que buscaban las fotos que tiene del auto fiscal de Óscar Gutiérrez, actual subdirector operativo de la PDI, en el estacionamiento del "Lucas Bar".
"Esto se ajustó a un intercambio de conocimientos y experiencias con la policía europea, en el contexto en que ellos vinieron a Chile a ver dónde se movilizaban, sobre todo, los eurolanzas", afirmó hoy el subprefecto Álvaro Thiele, jefe de asuntos públicos de la PDI.
De acuerdo con lo expresado por Thiele, los europeos solicitaron también "conocer la vida nocturna de Santiago", ya que la conducta de los delincuentes, "una vez cometidos sus delitos, era gastar en la noche".
La versión entregada por la PDI asegura que la imagen fue capturada en mayo del año pasado, cuando Óscar Gutiérrez se desempeñaba como jefe regional metropolitano de la PDI.
Thiele destacó además que no se realizará un sumario interno por el hecho.
Hasta aquí la noticia. Valga una aclaración: no me alegró el día que funcionarios públicos se hayan ido de putas, probablemente con gastos de representación –o sea, pagados por todos nosotros, ciudadanos de este país que ni siquiera tenemos el agrado de conocer el local en cuestión –sino que haya gente tan cara de raja para dar una explicación semejante.
¿Creerá el señor Thiele que somos todos tan idiotas como él? Realmente increíble.
Y como esto parece un guión humorístico, la cosa no se queda ahí. Y ni al mejor guionista se le hubiera ocurrido un apellido como el del ex policía que hizo la denuncia: Lapolla. ¿Se imaginan la vida de ese pobre hombre? ¿Habrá viajado alguna vez? ¡Qué ganas de viajar con él a España! Me imagino la cara de los funcionarios de inmigración al ver su pasaporte, llamando a los compañeros de las ventanillas siguientes: “pssstt, Paco. A que no te imaginas cómo se llama este tío”. De verdad lo compadezco, y espero sinceramente que su segundo apellido no sea Vergara o Dell´Orto o Delano.
Pero la historia sigue. Hoy, en una noticia que no transcribiré, porque no se trata de alargar este post innecesariamente, se informó que el funcionario involucrado en el “intercambio de conocimientos y experiencias” renunció a su cargo. Bueno, era de esperarse. Pero también se supo que el jefe de asuntos públicos de la PDI, el creativo señor Thiele, fue trasladado de su cargo, aunque dentro de la institución. Y sí, cosas que pasan en este país: su nuevo destino fue la jefatura de inteligencia de la institución. ¡Inteligencia! Vaya paradoja, diría el extinto JM. Eso demuestra, a todas luces, la fina ironía de Arturo herrera, Director General de la PDI.
Para terminar con esta historia digna de Peter Sellers, transcribo las declaraciones del mismísimo señor Herrera, que de seguro deberían incluirse en alguna parte de este seguro éxito de la cartelera. Dice Herrera:
"Cuando hablé con el subdirector operativo (Óscar Gutiérrez) fue tempranísimo y él en ese minuto me dijo que estaba ahí, entonces lógico que yo tengo que respetar lo que el subdirector me dice en ese momento. Pero después la investigación que está en curso dijo otra cosa, y creo que él asumió su responsabilidad, que él estaba ahí". Más claro echarle agua, ¿no?
Si son estos los encargados de encontrar mi auto robado... no pinta bien.
A todo esto, ¿vieron “Quémese después de leerse”? Por ahí va la cosa.
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Murphy: chúpala
No, no es nada contra Eddie, ese gran actor que interpreta papeles memorables en clásicos como “Doctor Doolittle” y todas sus secuelas, o esa otra gran obra maestra de la historia del cine en que interpreta a todos los personajes. Nono, esto no va contra él, por malo que sea.
Esto es contra otro Murphy, el de
Resulta ser que con mi señora esposa tenemos todo lo que es el auto familiar. Ese que usa ella todos los días, y que también sirve a efectos de salir de la ciudad, trasladarse con todos los bártulos que implica la paternidad –llámese coche, silla especial para el auto, cuna plegable y ese largo etcétera que cualquier padre conocerá –y que nunca había presentado un problema. Y pasa que, hace un par de meses, y estando estacionado, le quiebran un vidrio. No roban nada, sólo le quiebran un vidrio. El seguro paga (salvo el deducible, claro) y ya. No es taaan terrible. Pero viene el pariente de Eddie y se ensaña.
Hace algo más de un mes, el auto comienza a presentar un problema en las luces. Rápida ida al taller, para que constaten que además de las luces, tiene problemas en los frenos, barras de no sé que mierda y un largo etcétera de piezas que en mi vida había escuchado nombrar. ¿Qué se hace? Hay que arreglarlo, si al final el mecánico es como el dentista: llega uno por un dolor en una –UNA, hijo de puta, dije una –muela y el especialista en salud bucal diagnostica, digamos, 4 muelas con problemas. Eso con suerte, si no encuentra problemas en las encías, o decide que hay que realizar un tratamiento de conductos o, era que no, que el paciente debe usar el famoso “plano de relajación” que podrá relajar la mordida, pero estresa el bolsillo de una manera insoportable. ¿Y qué le va a decir uno? “Nono, si tengo las ‘piezas dentales’ en perfecto estado” Si es ese maldito sádico el que estudió varios años para saber eso, no uno. En fin. Con el mecánico igual. Nada que hacer: bajarse los pantalones y dejar que balatas, pastillas, discos y otra serie de piezas entren hasta el fondo. Sin anestesia. Como mucho un poco de WD40 que generosamente el mecánico nos preste.
Y bueno, vamos pagando. Conjugado en pasado, presente y futuro, claro, porque todavía estamos pagando el arreglo famoso. Sin seguro, claro, porque esto no fue un “siniestro”, sino desgaste, vejez, póngale el nombre que quiera.
Seguimos. El seguro va a vencer. No renuevo la póliza, porque la empresa en que trabaja la señora esposa tiene un convenio con otra aseguradora, que sale más barato. Y ya se sabe, estamos en crisis y todo eso, entonces no es cosa de estar botando
Anoche, como casi todas las semanas, fuimos a comer a la casa de mi padre. Comida familiar, todo bien. Dos horas, para luego irnos tranquilos al hogar, a descansar. ¿Tranquilos? Murphy no quiso. El muy puto tenía otra sorpresa. El auto no estaba. Así es, quedé con la mano estirada, la llave en el aire, los ojos desorbitadamente abiertos. El auto no estaba. No-es-ta-ba. Quien haya estado en mi situación sabrá la impresión que esto implica. Vamos corriendo a la caseta de guardias –en plural, había 2 juntos –que no habían visto nada. La puta madre, están a menos de
Vamos a la Comisaría, mientras la madre se lleva a la hija a la casa, a dormir. Denuncia. Señor carabinero principiante, que aprieta las teclas con un dedo, a una velocidad enervante. Eso cuando logra entrar al sistema, claro, luego de las explicaciones del jefe. ¿Tiene seguro? “Ehhhmmm, venció hace dos semanas”. La cara de pobre infeliz con que me miró, ni se las cuento.
Bueno, hecha la denuncia, me recomiendan avisar a la concesionaria en la que tengo el TAG, para que lo bloqueen e, incluso, puedan rastrearlo. Llegando a mi casa –luego de varios cigarros, por cierto –llamo al teléfono de emergencias. “Ahhh, tendría que llamar en horario de oficina”. ¿O sea que la emergencia no puede ser fuera de horario laboral? ¿Acaso el puto Murphy descansa? ¿Ah? “Mire, igual voy a dejar la denuncia, déme la patente, su nombre, blablabla”. Le doy los datos y ahí es cuando viene lo peor de la noche: ese puto discurso aprendido, esa frase que intenta ser amable, pensar positivo, ese “todo pasa por algo” en el funeral, la puta frase que uno no quiere escuchar en esas circunstancias.
“Bueno señor, lamento mucho lo que le pasó. Lo importante es que a usted y a su familia no les pasó nada, y al final, estas son cosas materiales y blablabla”. Qué hija de puta, seguro la telefonista era pariente de Murphy y estaban coludidos. Claaro, “son cosas materiales, qué tanto”. Me dieron ganas de decirle algo como “nono, son MIS cosas materiales, no sólo cosas. El auto es –o era, a estas alturas –mío, no suyo. Yo veré si es importante o no”. Pero nada, a esa hora, y después de todo lo pasado, sólo quedaba responder con reiterados “mmm” ante cada consejo supuestamente reconfortante.
Y aquí estamos, esperando que el auto aparezca algún día, ojalá en no tan malas condiciones. ¿La verdad? Creo que cagamos. Así no más. Si lo recuperamos, no creo que sea en muy buenas condiciones. Y no voy a caer en el discurso político de la delincuencia, de que ya no podemos estar seguros en ninguna parte, nada. Seguiremos pagando el arreglo de un auto que ya no tenemos, y esperando que aparezca. Pensé encomendarlo a algún santo (creo que es San Antonio el de las cosas perdidas, ¿no?), pero creo que es injusto echarlo a pelear con Murphy que, ya se sabe, utiliza muy malas artes.
Sólo para finalizar, además de pedirles sus aportes, quiero modificar –o complementar, más bien –el título de este post, que ya se ha alargado demasiado. Para eso, echaré mano a uno de los mejores insultos que he escuchado. Murphy, ya no se trata de que la chupes. ¡Chúpala meando!
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