A tomárselo con humor

20.5.10 58 Comments


¿Cómo puede el humor, ese atributo tan valorado, presumido, anhelado en tiempos “normales”, ser sin embargo despreciado, negado e incluso censurado en momentos difíciles? ¿Qué es lo que nos arrastra a esta suerte de bipolaridad social, que nos lleva a renegar de todo lo que huela a mínimamente gracioso cuando estamos en problemas?


Millones y millones se pagan a los humoristas para que nos hagan reír cuando tenemos motivos de sobra para hacerlo, pero ¡ay! de quien ose hacer un chiste cuando los ánimos están a mal traer. Paradójico el humor: cuando más se le necesita, menos se le acepta.


“La risa abunda en la boca de los tontos”, recuerdo haber escuchado en mi infancia. Errónea apreciación. Nefasta, por la relación –confusión, acaso– entre risa y humor. Desde niños nos enseñan a ser serios. A comportarnos “como corresponde”. A actuar apropiadamente, a sentarnos derechos, a no interrumpir a los mayores. A adecuarnos a las normas y usos sociales, al fin.


Ya adultos nos damos cuenta de que el humor no es tontera, sino al contrario, muestra de inteligencia. Pero ya es tarde. Porque el humor no se compra en la farmacia. El humor se aprende, se absorbe desde niño. Se cultiva. Sobre todo se cultiva. Para el que no lo hizo a tiempo, no hay vuelta atrás. ¡A enseñárselo a nuestros hijos!


Lamentablemente, incluso quienes habitualmente gozan de un notable sentido del humor reaccionan ariscos ante un chiste lanzado en un momento “inoportuno”. ¿Qué hay detrás de eso? Tal vez son los sermones de padres, profesores, adultos en general, que cuando niños nos enseñaban lo que debía y no debía hacerse, que vuelven a nuestra mente. Resuena la letanía no-te-rías-no-te-rías-no-te-rías-no-te-rías. Eso no es divertido, eso no es gracioso. Eso no, eso no.


¿Por qué no? Si es socialmente aceptado como un atributo deseable, ¿por qué limitarlo? ¿Por qué reservarlo para ciertas reuniones sociales, momentos acotados de nuestra vida? No podemos –no corresponde, nos enseñaron– sacarlo a relucir en reuniones formales, momentos solemnes, situaciones complicadas. Cuando de verdad se lo necesita.


Tengo algunos recuerdos tristes de mi vida. Momentos difíciles, pérdidas, dolores que llevo conmigo hasta hoy. Sin embargo, no recuerdo ninguno de ellos sin algún espacio de risa, de humor intenso. Carcajadas algunas veces, risas solapadas las más. Los momentos de mayor–y más negro– humor de mi vida han sido durante trances difíciles. Funerales, momentos de dificultad familiar o personal. Siempre la risa me ha ayudado.


El humor, me he convencido a lo largo de mi vida, es una manera de ser. Una forma de enfrentar la vida. Y no hablo de andar de payaso por el mundo, de ser el bufón de la corte. No se trata de eso, sino de tener la capacidad de ver lo divertido, lo ridículo, lo gracioso que encierran todos los momentos de la vida, por difíciles que sean. La capacidad, también, de reírse de uno mismo, que es –creo– la base sobre la que descansa el verdadero humor.


No todo puede ser tan grave. Venimos al mundo –y muchas veces nos vamos de él– entre llantos. ¿Por qué no tratar de compensar esa inefable verdad riéndonos a destajo, con dolor de guata y lágrimas, mientras podamos? “Con la muerte no se hacen bromas”, he escuchado una y otra vez. ¿Por qué no? ¿No vamos todos, acaso, irremediablemente en esa dirección? ¿Qué es lo que hace, o debería hacer, a la muerte tan sagrada que no podamos reírnos de ella mientras tenemos tiempo? Mal que mal, finalmente será ella la que se ría de nosotros, por lo que deberíamos al menos tomarle un poco de ventaja.


Seamos más insolentes, menos serios, más graciosos y menos severos en nuestra vida. Pero hagámoslo bien: pongámoslo en práctica cuando parece que no se puede, cuando todos nos censuren por hacerlo. Cuando la reprobación sea generalizada. Reventemos el contexto, mostremos que, sin dejar de lado los sentimientos difíciles, podemos reír. Seamos subversivos, refractarios, ganémosle el espacio a la seriedad, el dolor y la tristeza a punta de humor. ¿Que ese humor es demasiado negro? Tal vez, pero me tiene sin cuidado: no soy racista.

Las cañas

18.1.10 60 Comments

La caña, conocida también como resaca, estar con la mona o –para quienes gustan de usar anglicismos, hangover– es ese terrible despertar con secuelas luego de una noche desordenada. Aunque la más común –o al menos la más conocida– es la clásica caña producto del exceso de alcohol, no es la única. Porque hay muchas sustancias, situaciones, circunstancias que pueden desencadenar estos síntomas. Y por supuesto, las soluciones para cada uno de estos cuadros es diferente. Eso cuando hay solución, porque hay cañas irremediables.

A continuación, una breve reseña de algunas cañas. Con seguridad no son todas las que existen. Pero para completar la lista están ustedes, estimados, estimadas. De seguro varios de ustedes tendrán experiencia al respecto.

La caña alcohólica: es, ya está dicho, la más común. Luego de una noche de desenfreno etílico, el despertar de la mañana siguiente suele ser cargado al dolor de cabeza, problemas estomacales y boca reseca, pastosa. En muchos casos se suman los ojos rojos y ardiendo, lo que en conjunto con los demás síntomas, puede ser un verdadero infierno. ¿Soluciones? No muchas: ingerir líquido en grandes cantidades, tratar de dormir algunas horas extra, tomar paracetamol o algún otro calmante del dolor. Evitar, por supuesto, los decibeles excesivos.

La caña de cigarro: menos conocida que la caña alcohólica, la caña de cigarro se manifiesta principalmente en la garganta rasposa, la voz un par de tonos más baja que lo habitual y algo de tos. Dependiendo de la cantidad de tabaco/nicotina/alquitrán aspirados, los síntomas serán más o menos intensos. Se suma, por lo general, una aversión intensa al olor a cigarro, que obviamente impregna la ropa, el pelo y todo, todo lo que lo rodea. ¿Solución? Ninguna. Los remedios para el dolor de garganta algo alivian, pero créanme, no demasiado. Solo queda esperar a que pasen los síntomas. Paciencia, y no se le ocurra prender el primer cigarro del día en horario AM.

La caña electoral: es la que afecta a los perdedores al día siguiente de una elección. Esa amargura en la boca, esa sensación de haber podido hacer algo para obtener el triunfo, la idea de que el vencedor no merecía la victoria. Los síntomas son más o menos severos dependiendo del compromiso político del afectado. Generalmente, mientras más comprometido, mayor caña. En el Paradójicamente, son los más afectados quienes primero se recuperan. Asimismo, quienes mayor responsabilidad tienen en la derrota –por lo tanto, los mayores causantes de la caña– suelen no sufrir de la misma. A los afectados, solo les queda tener paciencia y resignarse. Tarde o temprano pasa.

La caña moral: aparece luego de una noche que, por lo general, combina varios desenfrenos. Suele ir acompañada de la caña alcohólica y/o la del cigarro. Aparece cuando en la mentada noche se cometieron actos reñidos con la propia moral, conciencia, costumbre o cualquier otro término similar. Obviamente, mientras más severos y acotados sean los propios límites violados, mayor será la caña. El único remedio posible es flexibilizar las normas. Déjese de joder metafóricamente y hágalo literalmente, es mucho más sano.

Y usted, estimado, estimada, ¿qué experiencia tiene con las cañas? ¿Alguna mala experiencia mañanera que compartir?

Post coprolálico

29.12.09 14 Comments

Vuelvo para cerrar el año. Esta vez no haré un recuento, ni mi lista de propósitos para el próximo. Pensé hacerlo, lo reconozco, pero constatar que se termina otro año y no logré parapetarme me tiene deprimido. Aunque logré otras cosas que me propuse, por cierto, como probar el mote con huesillos. En fin.

Vuelvo, eso es lo que (me) importa. Y para hacerlo, tomo prestada una idea de Kareeenyeah (no me pregunten el nombre real, que no lo sé), surgida de una pregunta que me hiciera en Twitter, o más bien en formspring.me: ¿por qué los chilenos ocupamos órganos genitales para referirnos a cosas buenas o malas? Y ahí, respondiéndole, me dije a mí mismo: “mismo, esto debería ir al blog”. Así que aquí vamos.

Como el pico: esta expresión, así como sus variaciones “como la corneta”, “como la callampa” y tantas otras, se utiliza para denotar algo malo. Negatividad pura: “me fue como el pico”. Ahora, la cosa no es tan simple como parece. Si bien ocupo a veces esta expresión con el sentido ya descrito, cabe la posibilidad de que alguien la ocupe con el sentido contrario: para describir algo como bueno. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si una mujer de mala vida (otro término confuso, por demás) dice que algo le salió “como el pico”? Lo menos que hace es llamar a engaño, considerando que dicho elemento es, en último término, el que le permite subsistir. Paradojal, por lo menos.

La zorra: la lógica supondría que es el equivalente femenino de “como el pico”, y que se utilizaría para describir cosas negativas. Pero no. Algo “la zorra” es bueno. ¿Feminismo? Ni en broma, sino machismo. Haga un simple cálculo: el macho recio va caminando y de improvisto se encuentra con un pico. ¿Bueno o malo? ¡Como el pico, obvio! Pero, ¿y si va caminando y se encuentra con una zorra? ¡La zorra! Más claro echarle agua.

La raja: utilizado para referirse a algo bueno, “la raja” menos inapropiado, en muchas ocasiones, que “la zorra”. Vaya a saber uno por qué, su uso es mucho más común que el de la mentada raposa.

Como las huevas: referido a algo malo. Aplica la misma lógica que con “como el pico”. Mal que mal, son bastante cercanos.

Como el hoyo: también usado para denotar negatividad de algo.

Teta: menos extendido, también se utiliza para describir algo bueno. He escuchado la variación “teta de monja”, aunque desconozco exactamente a qué apunta. En todo caso, podría interpretarse como “reverenda teta”, símil femenino –y por tanto, opuesto en su significación positiva/negativa– al “reverendo pico”, que denota algo muy malo.

Pero si creían que con esto quedaba todo dicho, se equivocan. Porque el tema es más complicado. Por ejemplo: “me fue la raja” se usa para decir que me fue bien, pero “me fue como la raja” significa que me fue mal. Lo mismo con “la zorra” y “como la zorra”. Ahora, lo curioso es que “como el pico” y “como las huevas” no tienen sus contrapartes positivas, que tendrían que ser “el pico” y “las huevas”, respectivamente. Complejidades del lenguaje.

A ver, estimado, estimada, ¿cómo es su experiencia con estos términos? ¿La raja? ¿Como el pico?

Siniestro regreso

4.12.09 14 Comments

Después de meses sin aparecer por estos lados, el destino me impulsa a retomar. No lo busqué, lo juro, aunque siempre está ahí, parpadeando, la tarea pendiente. He estado dedicado a otras cosas, y Twitter ha saciado mi necesidad de transmitir no aportes (@elquenoaporta, a todo esto). Pero bueno, ya está dicho: el destino se encargó de hacerme volver. Así es que aquí vamos.

Todo comenzó cuando una de las paredes de mi departamento –la pared del living, para ser más preciso- comenzó a evidenciar una filtración. Da la casualidad que al otro lado de dicha pared, se encuentra el lugar donde va la lavadora. Por el muro pasan las cañerías, claro. Y las cañerías, aunque no deberían, filtran.

No quedó más remedio que llamar a un maestro para que arreglara el problema. O, como reza esa espantosa expresión, “tuve que saber llamar a un maestro”. Llegó el hombre a evaluar la situación. Rápida inspección ocular y el diagnóstico lapidario, pero esperable: “hay que dentrar a picar”. Pero no sería en ese momento, claro, sino al día siguiente.

Y llegó el día D. Jueves en la mañana, y el maestro se puso a destruir. Nada que pueda gustar más al gremio. A punta de combo y cincel, desnudó las cañerías hasta ese entonces ocultas en la pared. Y tanto las desnudó, que la logia quedó directamente comunicada con el living. A través de un acotado agujero, es cierto, pero comunicada. En eso se encontraba concentrado el hombre cuando llegó la hora del hambre, y el maestro se fue. No solo sin arreglar la filtración, sino incluso sin encontrarla. No volvió más.

Reapareció el maestro casi una semana después, como si nada. Y encontró, luego de algún rato, la filtración. Y se puso manos a la obra. Pero lo que parecía una simple tarea se convertiría en lo que solo puede convertirse un trabajo de gasfíter: un verdadero desastre.

Ya descubierta la cañería y ubicada la filtración, la cosa era simple: soldar y ya. Y claro, el maestro sacó su soplete, lo prendió, reguló el oxígeno de la llama –no fuera la soldadura a quedar mal hecha- y comenzó el arreglo. Póngale llama maestro. ¿El detalle? Al otro lado de la pared se encontraba el sofá del living: un modelo bastante estándar, comprado en multitienda, de eso que hoy se da en llamar ecocuero, como tratando de dar un sustento ecológico a la simple imposibilidad de solventar un sofá de cuero real. En fin, el sofá de tres cuerpos que llena buena parte del living.

Quiso Murphy, y el maestro, que allí estuviera el sillón. Y quiso también que la llama del soplete pasara directo a través del hoyo en la pared. Dicen –no me consta- que el cuero verdadero no se quema aunque se le acerque una llama. El ecocuero sí. Y no sólo se quema, sino se prende. Con llamas, material derritiéndose y todo eso. Con escándalo. Palabra de maestro.

Cuando el personaje logró darse cuenta del siniestro en ciernes, corrió a apagarlo. Lo único que encontró a mano –o lo primero que agarró, al menos- fue un cojín guatemalteco bordado a mano, traído directamente de la luna de miel. Logró apagar el fuego. A costa del cojín, por cierto. Se alcanzó apenas a salvar el mejor cuadro existente en este hogar, colgado justo en esa pared. Y como si fuera poco, el maestro se quemó una mano, por lo que partió –nuevamente sin arreglar el desperfecto- a algún centro asistencial.

Y aquí estamos, con el living aún conectado a la logia, un sillón seriamente dañado, un cojín inservible y sin poder usar la lavadora. Del maestro, ni rastro. Ahora pienso que la pintura inflada en la pared –ni tan visible detrás del sillón- no era tan terrible. Al menos no comparada con la situación actual.

¿Lo peor de todo esto? No me extraña que haya pasado. Los maestros en general, y los gasfíteres en particular, son desastrosos en este país. No hay caso con ellos, por más que prometan eficiencia, experiencia, seriedad… son un espanto. ¿Lo bueno? Ahora puedo decir, con propiedad, que sufrí un siniestro. Pude incluso quedar damnificado, algo que puedo incluir al momento de contar la historia. No es lo mismo que parapetarse, pero peor es nada.

Por qué no ser un chico reality (sesión de autoconvencimiento)

10.8.09 10 Comments

Aquí vamos con la segunda parte (ya sé que las segundas partes rara vez son buenas, pero cuando la primera tampoco lo es, poco importa) del post sobre los realities.

En la primera parte hice un sesudo análisis de las razones por las que debería participar de uno de estos programas. Más allá de la contundencia de los argumentos –al menos discutible –creo que son motivos de peso. O de pesos, más bien. El punto es que me terminé de convencer: yo sería un buen participante, al menos por el breve lapso que durara dentro.

Durante estos días, varias personas me han preguntado si escribí en serio ese post. Cuando les respondía que sí, me miraban con una extraña expresión, mezcla de pena, compasión y miedo. No ha aparecido –hasta ahora- una camisa de fuerza, creo que por poca disponibilidad del accesorio más que por falta de ganas de uno que otro amigo o conocido.

Para complementar el post anterior –y para que quienes me prodigaron esas indescriptibles expresiones no crean que estoy tan mal –va esta nueva entrada, con las razones por las que no debería participar de un reality show. Luego, mediante un simple proceso de comparación, creo que estaré en condiciones de saber fehacientemente si debo o no tomar mis cosas y acampar afuera de algún canal.

Exposición. La que fue la primera razón para justificar mi ingreso a un encierro de este tipo, es también la primera para descartar esa posibilidad. La perspectiva de que cientos, miles, acaso millones de personas sepan lo que hago o dejo de hacer me aterra. Porque un reality no permite, como otros formatos televisivos o de cualquier medio, colgar el traje e irse tranquilamente a la comodidad y privacidad del hogar. No señor. Pregúntele al recluta Chadud, o al extramusculoso Schilling. No es que pretendiera, al entrar a un programa, tener actuaciones como las suyas (mal me iría al volver a la realidad), pero estar expuesto 24/7 a las cámaras, y peor aun, depender del criterio de guionistas y editores del programa sobre qué es lo que sale al aire... no gracias.

Sentido del ridículo. Este exacerbado sentido seguro me haría, en algunos momentos, pasarlo no del todo bien. O derechamente mal, si se quiere. No tengo problemas con duelos eliminatorios (no de la selección, sino de los que sostienen los participantes de estos programas), ni con el grueso de esas conversaciones tipo “cabildo”, “concejo” y tantos otros creativos nombres. Pero hay cosas que simplemente me superan. Durante esas mismas terapias grupales, cuando algún participante comienza a filosofar... Dios me libre. El café concert realizado en Pelotón hace algunos días, ni hablar. Foxley haciendo un striptease, Kenita animando, otra haciendo imitaciones, otros bailando, una última cantando... una combinación simplemente letal. De haber estado ahí, mi ubicación hubiera sido bajo una de las mesas –cosa que, de seguro, los guionistas se hubieran encargado de hacer aparecer como actividad puramente sexual con alguna de las participantes más próximas al lugar –y no participando del triste espectáculo.

La familia. Sí, sería un costo importante. Estoy seguro de que a mi señora no le agradaría que yo me introdujera en estas lides. A mi hija, en cambio, creo que le causaría más que nada extrañeza: eso de hacer zapping y pasar entre, digamos, Mickey y su papá, podría ser algo confuso. Ni hablar si el cambio de canales incluyera a Barney o los Teletubbies, caso en el cual se haría insoportable. Además, convengamos en que es difícil, por muy padre de la criatura que sea, ganarle a tamaños competidores. Y tampoco estoy para vestirme de morado y cantar “te quiero yo, y tú a mí...”, porque –ya está dicho –las vergüenzas (ajena y propia) pueden más.

Y eso sería. Como ven, las ventajas son más que las desventajas. La balanza se inclina inexorablemente hacia el ingreso. Ahora, recapacitando respecto del próximo post –prometí un casting sobre quiénes me deberían acompañar en el encierro –he decidido replantearlo. Creo que, a partir de ahora y para seguir profundizando en el tema, propondré no sólo el casting, sino también el tema del encierro. Será más de una opción, claro, para abrir las posibilidades. Quién sabe si algún productor, director de programación o algún otro pez gordo de la TV local se entusiasma con la idea y cumple mi sueño. Algo así como un hada madrina mediática, un genio catódico, un mecenas televisivo. Señoras, señores, desde ya acepto ofertas.

Yo quiero ser un chico reality (confesiones culposas)

28.7.09 76 Comments

Así como Sabina canta eso de “yo quiero ser una chica Almodóvar”, yo podría (si tuviera un mínimo de condiciones vocales) cantar algo como “yo quiero ser un chico (o no tanto) reality”. Así es. Sueño frustrado, deseo oculto, culposo y casi inconfesable, me encantaría participar en un reality show. De uno de los con encierro, eso sí, nada de docu-realities, ese engendro de formato en que te siguen con una cámara las 24 horas del día en tu vida normal. Por lo demás, un docu-reality de mi vida sería un fiasco, eso seguro. Pero participar de uno con encierro... eso es otra cosa.

Imagínense encerrados con personajes como Álvaro Ballero, con sus cirugías, su pose de estrella y de pensador profundo. O con Pamela Díaz (a quien, segunda confesión culposa de este post, admiro total e incondicionalmente) y sus arrebatos. Ni hablar de compartir con alguna modelo mononeuronal como Adriana Barrientos, o –esto sería el cielo –tener largas conversaciones con Juan Cristóbal Foxley, también conocido como “el Dandy chileno”. Eso por nombrar a algunos de los actuales.

Querámoslo o no, los reality shows están hace rato en un peak del que no parece vayan a bajar por el momento. De hecho, en este minuto tenemos tres en paralelo (“1910”, “Pelotón VIP” y “La Noche”). Ninguno es muy original –1910 es la continuación del recién terminado 1810, Pelotón es la versión contardictoria (VIP y chilena, no tiene lógica) de Pelotón y Pelotón 2, y La Noche es un docu-reality de un exitoso (aunque sea difícil de explicar) grupo musical. O sea, al menos en esta pasada ningún creativo se devanó los sesos tratando de hacer algo novedoso. De hecho, yo creo que los creativos andan de vacaciones. Pero así y todo, cada noche mi dedo pulgar derecho sufre las consecuencias de un incesante zapping entre 1910 y Pelotón. Me ha sido imposible decantarme por uno de los dos programas.

Para no parecer tan enfermo –y para que este post tenga algo de sustancia –paso a enumerar las razones por las que me gustaría participar en un reality. Sólo razones profundas, cuasi científicas diría yo. Es que uno es un apóstol del conocimiento, no es que sea dado a la farándula. Vamos viendo.

Exposición. Siempre he sido bastante recatado, reacio a exponerme –necesaria o innecesariamente –ante los demás. Mi personalidad es más bien retraída, y no ando contándole mi vida al primero (ni al segundo, ni al tercero, y así) que se me cruza por delante. Odio las dinámicas grupales, el karaoke, hablar en público. Tengo un sentido de la vergüenza –propia y ajena –extraordinariamente desarrollado. Es más, el hecho de que escriba este blog bajo un seudónimo tiene bastante que ver con eso (tercera confesión de este post, aunque un poco menos culposa que las otras dos). Tener el nivel de exposición de un reality creo que sería un cambio potente, que me gustaría probar. Sólo para saber qué se siente. Además, confío en que al tercer o cuarto día las cámaras ya darán un poco lo mismo. O, en el peor de los casos, que seré capaz de actuar como si así fuera.

Conflicto. Me gusta, definitivamente. No es que ande por la vida de conflictivo, no señor, pero créanme que me esforzaría por ser uno de esos personajes conflictivos, que ante la menor provocación arman un buen escándalo. Porque, cuarta confesión, son ésos los personajes que me hacen ver un reality. Si veo 1910 no es para ver a Ximena Huilipán llevándose bien con todo el mundo y diciéndole a gente que conoce hace un día cuánto los quiere, sino para no perderme la provocación, el insulto, el certero aletazo de Pamela Díaz a Adriana Barrientos. Eso es tener sentido del espectáculo. Eso es lo que me gustaría probar. No el aletazo de la Díaz, que quede claro, sino el constante roce –no en el sentido físico del término –con los otros participantes. Si alguno defendiera a ya-saben-quién, imagínense el goce de discutir con él.

Investigación. Quinta confesión: simplemente adoraría estar algunos días con personajes tan extraños. Poder observarlos, conocerlos en directo, conversar con ellos. ¿Se imaginan la cantidad de temas que tendría para este blog? Claro, por un rato se transformaría en algo parecido a una versión online de un programa de farándula, pero quién sabe. A lo mejor saldrían temas como “Foxley no es tan pelotudo como parece”, “Adriana Barrientos no tenía una neurona. Son 2” o “Lo que no se muestra de Pelotón: Nabih en verdad quiere con el instructor”. De seguro, libreta en mano, podría hacerme de interesantes contenidos. Vaya a saber uno qué sorpresas aparecerían.

Experimentación. No es que quiera experimentar con alguna chica reality (cosa que me obligaría, por cierto, a buscar un reality que durara el resto de mi vida), sino algo mucho más preciso, y que me lleva de vuelta al punto del conflicto: me encantaría poder aplicar en directo, de manera intensiva y como si fuese un laboratorio de alta tecnología, el Manual del Insoportable. Lección por lección, paso a paso, ir probando, confirmando y/o descartando la utilidad de esas enseñanzas. Estoy seguro de que lograría rápidamente posicionarme como un insoportable total, y de que, pese a eso –o gracias a eso, más bien –seguiría un buen rato ahí. Y –teoría por confirmar –probablemente dando rating.

Lucas. Sí, el vil dinero que todo lo ensucia. Pero ganarse buena plata puro pelotudeando (o investigando seriamente, que sería mi caso), para luego salir del encierro y seguir pelotudeando (a la vez que tabulando resultados, analizando, en mi caso) y seguir cobrando bien. Un lujo, ¿no? Porque convendremos en que ningún participante de reality se gana la plata filosofando ni haciendo grandes aportes a la humanidad. Básicamente se exponen, hablan muchas pelotudeces (mientras más, mejor), pelean con algún otro participante y ya. Por eso les pagan. Y bien. Sexta confesión (ya sabida por muchos): pelotudear (¿existirá el término?) es lo mío.

Una segunda parte de este post incluirá las desventajas que supondría mi ingreso a uno de estos programas. Porque claro, no todo es tan lindo. Si todo fuera ganancia, estaría acampando en la entrada de algún canal de TV, por último esperando hasta que (les aseguro que a alguien ya se le ocurrirá) se haga un reality de indigentes. Esperen, hagan como que no leyeron eso. Le voy a vender la idea a algún canal, eso sería un hit seguro. Bueno, eso, no se adelanten con las desventajas, que ya vienen.

Y como siempre, estimados, estimadas y quienes apoyan a ya-saben-quien (a quienes, claro, no puedo estimar), espero sus no aportes. ¿Entrarían a un reality? ¿Debería yo entrar? ¿Tomo mi saco de dormir y me voy a ofrecer a algún canal?

Nada que aportar le lleva Twitter

11.6.09 19 Comments




Así es. Desde ahora este humilde e inútil espacio ingresa a todo lo que es el mundo de Twitter. O sea, inutilidades cortas que llegarán directo a quien así lo quiera.

Para los no iniciados (debo decir que toda mi iniciación al respecto consiste en la corta explicación del sistema que un amigo me dio por teléfono y una rápida lectura de “Twitter” en Wikipedia), este sistema consiste básicamente en posteos cortos (nanoblogging, que le llaman), que llegan a los “seguidores” –quienes eligen la opción de recibirlos –a través de la página de Twitter, mensajes de texto, correo electrónico, Facebook y otras aplicaciones que en mi vida había escuchado. O sea, bombardeo total de información.

Así que desde ahora, Nada que aportar se suma al mundo del twiteo (es curioso esto, porque el término ha dado origen a palabras derivadas, se convirtió en verbo y mucho más). Como la actualización de esta página no es tan seguida como yo quisiera –básicamente por un problema de tiempo –este nuevo sistema me permitirá escribir más cosas inútiles, porque –sépanlo ustedes –los mensajes a través de Twitter tienen una extensión máxima de 140 caracteres. Sí señores, 140. Es decir, hay que ir al grano con la pelotudez. No es cosa de extenderse en irreflexiones inútiles como esta, sino que hay que ser preciso: nada de relleno, nada de largas construcciones literarias. Sólo el dato, la reflexión, el comentario preciso. Inútil siempre, por cierto, no se trata de perder la razón de ser.

Así que ya saben. Desde ahora, para recibir la inutilidad diaria –incluso más de una, de ser posible –sólo basta con hacer clic a mano derecha. Para cosas más rebuscadas, más complejas o simplemente cuando tenga más ganas de escribir, éste seguirá siendo su humilde espacio. A ver cómo nos va con el experimento. A todo esto: @nadaqueaportar.